Por Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista y director general de gobierno de Calidad, consultoría de políticas públicas
Les arrebataron dignidad, libertad y justicia. Están en prisión por tiempo indefinido. Carecen de juicio y sentencia. Son los olvidados o presos eternos: la población que vive sin ser juzgada. Entretanto, están abandonados en el limbo.
La estadística del INEGI es contundente: 42.2% de la población penitenciaria mexicana no tiene sentencia. Eso significa que casi uno de cada dos internos no sabe si es culpable, inocente, condenado o absuelto. Sólo sabe que está encerrado.
Y lo más grave: esta proporción creció. En 2024 era de 36.3%. En un año, el sistema judicial mexicano produjo más personas sin sentencia que sentenciadas.
Los datos revelan un patrón que debería escandalizar a cualquier autoridad: 97,722 personas sin sentencia al cierre de 2025 y más de la mitad de las mujeres están sin sentencia. El41.5% de los hombres están en la misma condición.
La prisión preventiva —justificada u oficiosa— es una sentencia anticipada, una forma de castigo sin juicio. En algunos estados, como Estado de México y Michoacán, el 100% de las personas sin sentencia están bajo prisión preventiva oficiosa.
El rezago no es sólo estadístico: es estructural.
Así, más de 231 mil personas recluidas en 2025 viven hacinadas y los centros estatales concentran 43.6% de la población sin sentencia, frente a 27.9% en los federales. Esto revela que el problema no está sólo en los grandes casos federales, sino en la justicia cotidiana: robos, riñas, delitos menores, conflictos locales. La justicia local está colapsada.
En 2024, 25.6% de las mujeres y 22.3% de los hombres llevaban dos años o más esperando sentencia.
Dos años sin juicio, sin saber qué será de su vida, sin acceso real a una defensa. Dos años donde la presunción de inocencia se convierte en una ficción jurídica.
México tiene presos eternos. Personas que no cumplen una pena, sino esperan a que el Estado recuerde que existen.
En México, miles de personas no cumplen una condena: cumplen un olvido. Viven en cárceles donde el tiempo no avanza porque la justicia no llega. Son los presos eternos, habitantes de un país donde la sentencia no es un acto jurídico, sino una forma de desaparición.









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